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domingo, 29 de abril de 2012

LA ASTRONOMÍA COLONIAL Y SU CONTEXTO




EDGARDO R. MINNITI

DENOMINACIÓN DE LA REGIÓN EN EL SIGLO XVII

En mérito a la necesidad de tomar conciencia cabal de la realidad vigente en estas regiones durante la colonia, en lo que a la ciencia astronómica refiere, tenemos que brindar un sucinto panorama del acontecer conexo. Hablar solo de astronomía, importaría escorzar el panorama, desvirtuando el sustrato único y necesario, que caracterizó a la ciencia colonial. Por ello, optamos por abrir el espectro y dibujar esta vez esquemáticamente, una realidad apasionante y hoy casi desconocida.

En favor de lo aseverado en el manifiesto dado el 25 de octubre de 1817 en el Congreso de Tucumán por los delegados de las provincias asistentes, respecto de la incuria en industrias y adelantos y otros aspectos negativos que para el desarrollo de la colonia tenía la dominación española, los autores estiman que entre 1600 y 1810, si se hizo ciencia, se llevó a cabo como expresión individual no propiciada por los estamentos oficiales de poder, aunque sí tolerada y estimulada en forma particular por la organización de los jesuitas, que facilitaron su práctica, la promovieron y difundieron instrumentalmente en su peculiar búsqueda de poder; en concordancia con el espíritu realista y de progreso que los animaba, mientras no vulnerara su credo. Ello determinó la posterior expulsión de la Compañía de estas tierras en 1767; de Portugal en 1759 y su disolución en Francia en 1764. (España fue la última en reaccionar ante las directivas papales en tal sentido). No comprende el análisis esquemático aquellas actividades técnicas, con fines eminentemente prácticos, como la medicina, farmacia, metalurgia, etc.; muy limitadas a reglas o recetas aplicadas mecánicamente, por cierto prácticas vigentes desde la edad media hasta la irrupción incontenible del enciclopedismo (Por ejemplo contrario, citamos a Felipe III contando con Andrés García de Céspedes, como “Cosmógrafo Mayor” a comienzos del Siglo XVII).



Debemos destacar como caso concreto del ánimo imperante en las autoridades coloniales, el intento efectuado por Francia en 1769, para la instalación en Santiago de Chile de un emplazamiento transitorio de observación astronómica. La iniciativa fue desestimada por las autoridades españolas. Rechazaron el arribo al lugar del astrónomo Cape d’Auterroche, que venía a observar el paso de Venus de ese año; haciendo así gala de una tradicional cortedad de miras, que con el tiempo hubo de pagarse caro en América Latina, por el retraso intelectual, científico y económico consecuente[1]. Edmund Halley había propuesto en aquel entonces la utilización de tales observaciones para determinar la distancia Tierra – Sol[2].


Uno de los primeros mapas de la Región – Sebastián Gaboto – 1544 -  (de M. M. Cervera)

Esta circunstancia no invalida el número ni la importancia de las contribuciones efectuadas por las más diversas personas, en su mayoría jesuitas, a las ciencias de la tierra, tanto como las del cielo. En tal sentido se destaca como una supernova, el caso de Buenaventura Suárez, cuyos trabajos astronómicos han sido objeto de estudios con mucha autoridad y trascendencia por parte de distintos eruditos nacionales y extranjeros.

De las personas cuyas obras se distinguieron en la investigación del hombre y su medio ambiente y han llegado a convertirse en clásicas, vienen a nuestra memoria, Dobrizhoffer, Jolis y Paucke, en Paraquaria. Autores que han llegado a nuestras manos y nos han sorprendido, con su Historia de los Avipones, editada en dos tomos en 1968 por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste, en una traducción de la profesora Clara Bedoya de Guillén, cuyo título identifica su contenido, el primero; Ensayo sobre la Historia Natural del Gran Chaco, una descripción del paisaje, la flora, la fauna y las naciones indígenas que habitaban el occidente del Chaco salteño editado por el Instituto de Historia de la Facultad de Humanidades perteneciente a la Universidad del Nordeste, en 1972, traducido por María Luisa Acuña, el segundo y  Florian Paucke con su talentoso trabajo Hacia Allá y Para Acá, editado por el Departamento de Investigaciones Culturales de la Universidad Nacional de Tucumán, en colaboración con la Institución Cultural Argentino-Germana de Buenos Aires, en tres tomos aparecidos sucesivamente en 1942, l943 y 1944, en traducción de Edmundo Wernicke, en el que historia todo su proceso formativo y su estada entre los mocovíes de San Javier y zona de influencia, el último. En el bicentenario de esta población.

San Javier-Detalle de la reducción – (F. Paucke)

Se impone una aclaración, escribimos mocovíes y no mocobíes como lo hace el autor, utilizando la nomenclatura existente en los documentos del Cabildo de Santa Fe, anteriores a la época de tránsito  de Paucke por la región, ya que el mismo, con mentalidad y –por supuesto oído – teutónica, escuchaba “mocoví” y escribía mocobí, para no denotar “mocofí” como corresponde a su lengua el sonido de la “v”; hecho que ha llevado a confusión a muchos autores en discusiones bizantinas, que toman a Paucke, como a la propia Biblia, en lo que a esos indígenas refiere, lo que nos alerta sobre los riesgos de juzgar el acto histórico con visión y mentalidad contemporánea[3].

Como así que el conocimiento – y en consecuencia las fronteras de la ciencia – estaban mucho más cercanos y sus límites extra filosóficos eran prácticamente con exclusividad terrenales; aún cuando los interrogantes en algunos casos tuvieren la generalidad y nivel de abstracción actuales; los andamiajes instrumentales eran muy limitados. Podemos decir sin margen de error, que el curioso científico de entonces se ensuciaba con tierra los pies y las manos.

También es obligatorio confesar que al momento de la expulsión de los jesuitas de América, se les prohibió llevar consigo cualquier nota o manuscrito, por lo que las obras consecuentes son producto exclusivo de sus recuerdos[4]. Recreaciones posteriores sujetas a los procesos de cristalización y cambios propios de la memoria humana. Alguien dijo que la falla en los documentos, no está en lo aseverado, sino en lo omitido.

Ocurre que estas obras trajeron luz a la mucha ignorancia existente sobre la sociedad de entonces, carente en estas latitudes – excepto ellos – de cronistas pertenecientes a sus filas, que permitieran documentar bajo su óptica, los aconteceres trascendentes para esas comunidades peculiares, que hoy calificamos de “primitivas”, en un franco desconocimiento de que la realidad fundamentalmente “es”, con independencia de los juicios de valor. Sin desconocer la importancia “documental” de las obras concretas realizadas por los indígenas bajo la conducción jesuítica; por ejemplo, el mapa elaborado por un nativo, que comenta Furlong en la obra citada reiteradamente, entre otros conservados en colecciones argentinas, donde guaraníes consignan estancias, pueblos, instalaciones rurales diversas. Aunque debe reconocérseles un esquematismo no solo primitivo, sino hasta ingenuo.[5]

Avipones – Furlong

La infatigable labor y las incansables piernas jesuíticas fueron abriendo las puertas de esta tierra y del cielo al conocimiento común colonial.

A mediados del siglo XVIII los únicos mapas con que contaban los demarcadores españoles, eran los construidos por los jesuitas con mucho sacrificio y tesón.

Los otros publicados fuera de España durante el siglo XVII y mitad del XVIII, fueron refundiciones de los producidos por los jesuitas en estas tierras. “Cuantos mapas holandeses, franceses, alemanes e italianos hemos visto hasta el presente, todos ellos no constituyen sino simples calcos y no siempre felices, de las cartas compuestas sobre el terreno por los abnegados misioneros” [6].

Mapa regional del Siglo XVIII

Este hecho concreto dio lugar a una justificada queja del autor de las Anuas de 1596 (Litterae Annuae) impresa en Roma en 1605[7]:

“Podemos también nosotros errar, pero erramos menos que aquellos geógrafos europeos que nunca han venido a América, puesto que nosotros, a lo menos, describimos estas tierras que hemos recorrido y estudiado en nuestros quotidianos viajes”.

Palabras expresadas como consecuencia de la labor del jesuita Romero, el primer cartógrafo en la región.

Los cartógrafos franceses de gran prestigio d´Isle, D´Anville y Bellin, de renombre en cartografía argentina y paraguaya, curiosamente nunca pisaron el Río de la Plata o Paraquaria, término éste que adoptaron como propio en sus trabajos.[8] Peramás en 1791 reconoce que estos geógrafos “habían seguido e imitado a los jesuitas no solamente poniendo la información que ellos habían puesto, pero hasta el vocablo o término “Provincia Paraquaria” por ellos empleado” [9].

Astronómicamente hablando, en todo el siglo XVII y hasta mediados del siglo XVIII, solamente encontramos a  Buenaventura Suárez, ese inefable descendiente directo de ilustre don Juan de Garay.

Juan de Garay – Siglo XVI

Efectuaba en estas latitudes observaciones astronómicas de precisión, no solo con destacados objetivos geográficos, como eran la determinación de latitud y longitud, sino también para estudio de fenómenos astronómicos puros. Observaciones muy ponderadas, preferidas en Suecia en su tiempo por la exactitud, a las efectuadas en París, Londres, San Petersburgo o Pekín. No exageramos si decimos que fue el “Galileo colonial”.

Primitivo instrumental astronómico

Tales trabajos eran efectuados con instrumental construido por el propio Suárez, utilizando cristales de cuarzo nativo para el tallado de las lentes de sus telescopios.

Este santafesino de origen y alumno de la Universidad de Córdoba, se ha convertido merced a la trascendencia de su trabajo, en el paradigma del aporte jesuítico paraquario a la ciencia. Nadie puede olvidar su Lunario de un siglo (1740-1841), por ejemplo. Su acontecer es hoy recordado por muchos historiadores de la ciencia locales. No fue el único, por supuesto[10]. Se conservan muy pocos ejemplares de su “Lunario de Cien Años” , uno se halla en la Biblioteca de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la U. N. de La Plata, uno en la Biblioteca Jesuítica de Córdoba y otro en la Biblioteca Nacional en Buenos Aires.

Horacio Luis Tignanelli, en su trabajo “El Primer Lunario Criollo” destaca:

“Suárez realizó observaciones y registros de salidas y puestas del Sol y la Luna; mediodías solares, culminaciones de planetas y de la Luna; fases lunares; eclipses de Sol; eclipses de Luna; movimientos aparentes de los planetas; inmersiones y emersiones de los satélites de Júpiter; posiciones y movimientos aparentes de las estrellas, y efectos climáticos”.

Imagen típica de la vida en las reducciones – Paucke

Siguiendo sus pasos, en 1740 se dedicó también a la observación astronómica con miras a precisar las posiciones geográficas, el jesuita Carlos Rechberg[11]. Lamentablemente sus trabajos se han extraviado, por lo que no pueden evaluarse adecuadamente, excepto por referencias indirectas. Ello inhibe de mayores comentarios.

Nave española-Dibujo de época

No podemos dejar de citar al jesuita belga Chomé, arribado al país en 1728, que recorrió el litoral marítimo Sur, realizando importantes y comentadas observaciones astronómicas con instrumental adecuado para la época: dos telescopios, uno de 8 y otro de 16 pies (se brindaba la distancia focal, no la apertura instrumental, que constituye hoy el factor relevante para determinar la magnitud límite de los aparatos; lo otro determina solo escala de imagen); dos relojes de faltriquera, un ”libro de las estrellas australes”, que debió tratarse por la época, de las posiciones estelares de la Uranometría de Johan Bayer publicada en París en 1603 o de las observaciones realizadas por Halley en su viaje a la isla Santa Elena en 1676.

O el destacado trabajo del matemático de la Compañía Joseph Quiroga “Tratado de el Arte Verdadero de Navegar por Círculo Paralelo a la Equinoccial” publicado en Bolonia en 1784, después de la expulsión; jesuita famoso por su Mapa de las Misiones de la Compañía de Jesús[12].

Portada de la Uranometría de Joseph Bayer – 1603 (Uranometría Argentina 2001)

Schmid a su vez, se sirvió en sus actividades observacionales de un anteojo de 7 a 8 pies de largo, un telescopio inglés, un astrolabio, brújulas, efemérides, etc.[13].

La importancia de la labor desarrollada, una de cuyas consecuencias concretas lo fue la abundante cartografía citada, que requería de la astronomía de posición para una adecuada ubicación geográfica. Da fe la confianza que merecían esas observaciones, el encargo de las autoridades inglesas al viajero Woodbine Parish de hacerse de la mayor cantidad posible de mapas producidos por los topógrafos jesuitas[14].

Gran parte del producto de tanto esfuerzo desplegado por más de dos siglos por la compañía, permanece aún perdido en colecciones particulares o en las anfractuosidades de los viejos archivos oficiales, militares o civiles, inexpugnables en la era digital.

Alejandro Malaspina, el navegante italiano al servicio de la corona española[15], retiró con destino desconocido actualmente, los mapas jesuitas originales de estas tierras, que poseían las Juntas de Temporalidades.[16] Como así, en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile, existirían varios documentos de tal naturaleza de Paraquaria, Perú y Bolivia. El autor no pudo ubicar los mismos en dos recientes visitas a la entidad, probablemente por falta de las referencias adecuadas; pero estiman poder hacerlo en un futuro próximo, ajustados los antecedentes.

Alejandro Malaspina

Valga la oportunidad para recordar que esas cúspides individuales de una época particularmente difícil por la orfandad de medios, se dieron también en los laicos. Así, el ex gobernador de Córdoba, Juan Gutiérrez de la Concha, conjuntamente con Vernacci y Alcalá Galiano, efectuaron en noviembre de 1781, con un telescopio emplazado en Montevideo, observaciones del planeta Mercurio, que Leverrier aplaudió e hizo suyas, utilizándolas para el descubrimiento de Neptuno. No fueron poca cosa en astronomía.

De esas dimensiones – o mayores según algunos – los trabajos del jesuita y médico inglés Tomás Falkner, residente de la universidad cordobesa entre 1732 y 1740, discípulo y admirador de Newton. Responsable a la vez de cierta transformación en la línea de pensamiento de dicha casa de estudios en el período, al que se debe el egreso de varios destacados discípulos que se beneficiaron con los nuevos aires experimentalistas aportados por Falkner.

Universidad e iglesia jesuítica en Córdoba (Hoy llamada “Manzana de las luces”)

Transformación afianzada por el polígrafo y filósofo también jesuita, Domingo Muriel  en 1750, con sus reformas a los programas de estudio de filosofía. Cambios recién sancionados doce años después por la Compañía, en oportunidad de la 16ª. Congregación Provincial “para aumentar el esplendor del Colegio y de la Universidad de Córdoba”, aduciendo entre otras razones más válidas y trascendentes:

“porque esta asignatura tiene particular importancia en estas Provincias de Indias y en esta del Paraguay, ya que los misioneros que no saben matemática están en peligro de perderse en estas regiones inconmensurables y de desconocidos ríos; lo cual es tanto así que algunas expediciones evangélicas se han frustrado por esta razón”.

Declaración que en sí misma comprende una importante extensión de conceptos no explicitados, de abordaje a la ciencia de los cielos, ya que no es la matemática por sí, herramienta suficiente para la geodesia, si no viene acompañada de una precisa lectura de los fenómenos celestes. Resulta así indudable que a la madre astronomía se la incluía dentro de esta disciplina, en una época particularmente sensible al temor emergente de quienes trataban con racionalidad las cuestiones de los cielos, por la persecución de que eran objeto si se dudaba de la verdad establecida oficialmente.

Hay una perspectiva particular que no debemos perder. Se trata de la estructura militar de la orden. Le daba firmeza y capacidad operativa que no tenían ni las propias organizaciones militares de la colonia, que habitualmente acusaban degradación a poco de alejarse de los centros de poder. La espada constituye uno de sus símbolos principales[17].

Distintas formas de cruzar un cauce en la zona (F. Paucke)

La observación común y sistemática de los fenómenos astronómicos, les era necesaria, aunque fuere al solo efecto del posicionamiento geográfico.[18]

Influyó mucho en este proceso histórico trascendente, el nivel de relación con las autoridades civiles y militares, el poder real sustentado por cada una de las partes, sea económico, político o social. El único parámetro concreto que los autores han hallado para efectuar una ponderación directa de esto, lo constituye la comparación –por ejemplo- con las realizaciones en San Xavier del Bac y zona de influencia, en pleno desierto de Sonora, en Arizona, a 15 km al sur de la ciudad de Tucson, donde hemos podido apreciar una marcada afinidad en la extensión intelectual y nivel arquitectural practicada contemporáneamente con Paraquaria, lejos del control de los centros del poder colonial directo español, del cual ya eran manifiestos adversarios.  Viene a la memoria “Noticia de la California y de su Conquista Temporal y Espiritual”, del jesuita Miguel Venegas, texto utilizado por Miguel Angel Amunátegui en su “Cuestiones de Límites entre Chile y la República Argentina”.[19]

Jesuítica San Xavier del Bac – Tucson – Arizona –E.U.

Es necesario conocer aunque mal no sea genéricamente, un detalle del nivel de actividad y amplitud del poderío jesuítico, real y efectivo; a saber: El total de jesuitas desterrados en 1776 fue de 2260 en América toda y 1843 en Europa, quedando inamovibles por viejos 318; murieron 99 por causa de la expulsión (natural o violentamente). En Paraquaria contaban con 17 casas, incluidas las de Córdoba y Santa Fe, con colegio o colegios residencia. 500 jesuitas se hallaban en la Gobernación del Plata, repartidos en 12 colegios, con una casa de residencia, más 50 estancias y obrajes que constituían otros tantos colegios y lugares, con esclavos y sirvientes; 33 pueblos de indios guaraníes con más de 100.000 almas; 12 de abipones, mocovíes y lules y otras misiones del Chaco.[20]

Cuando se ocuparon los bienes de los jesuitas, en Santa Fe con fecha 28 de Noviembre de 1768 se efectuó un inventario, en uno de cuyos rubros se destaca, entre todos los bienes materiales muebles e inmuebles; además de los esclavos:

- “Libros, de 3 a 4000 tomos, casi todos ellos tratando de teología, religión y filosofía” [21].

Colegio Inmaculada Concepción de los jesuitas en Santa Fe

Si bien los trabajos realizados por los jesuitas lo fueron con empeño y contando con los mejores instrumentos posibles de obtener o elaborar para esa labor de campo, los resultados fueron relativos a largo plazo, por la precariedad de la información básica necesaria para utilizar adecuadamente los mismos.

Así, las determinaciones geográficas, de mucha importancia para entonces y tal vez las únicas en muchos momentos, adolecían de graves errores emergentes de la incapacidad para determinar con cierta precisión las posiciones estelares en la culminación, o pasaje por el meridiano con mayor propiedad, por falta de las referencias necesarias, imprescindibles para la fijación de la hora con relativa exactitud; o p, la falta de catálogos estelares australes exactos, que los llevaban a cometer errores groseros, fundamentalmente en establecer tiempos precisos para fijar la longitud, ya que la latitud era fácil de obtenerse con solo determinar la altura del polo celeste sobre el horizonte sur. Situación general imperante, que afectó todo el hemisferio austral hasta el advenimiento de la Uranometría Argentina y el Catálogo General Argentino del Observatorio Nacional Argentino de Córdoba, habilitado en 1871[22].

Para tener una idea cabal de la situación de época, vienen a cuento las palabras del geógrafo jesuita Jesús Pedro Murillo Velarde, que en 1752 expresaba:

“El Padre Ricciolo con repetidas observaciones (astronómicas) en 12 años, midiendo la cantidad de tierra que había en la diferencia de un grado de norte a sur halló que un grado tiene ochenta millas, con poca diferencia, cada una de mil pasos geométricos; de suerte que cada grado tiene quince leguas alemanas de cuatro millas, veinte francesas de a tres y diez i siete i media españolas” [23].

¡Con ese lenguaje ya más preciso, que reemplazaba al de los “navegantes de estima”, se escribieron aquellas cartas geográficas!;  no eran ajenas en las mismas las determinaciones emergentes del tiempo caminado, o andado a caballo o en mula, que tenían establecidos sus promedios.

Eso ha determinado que la frondosa documentación producida en más de dos siglos, con gran esfuerzo y despliegue artístico de guardas barrocas y ornamentación varia que corona estelas con escenas casi familiares, representando indígenas departiendo con sacerdotes, animales, plantas y sembradíos, incluyendo hombres con cola, se conviertan en la actualidad más que en piezas cartográficas, por el necesario escorzamiento resultante – ese “encogimiento este oeste” para tornarlo claro – en destacadas piezas artísticas. Así, la Tabla Geográfica del Reino de Chile de Alfonse D´Ovalle – considerado el primer historiador de Chile – emitida en 1846 en dos versiones, una castellana y otra italiana, nos muestra una vista aérea de la parte sur del país rodeada de un calmo mar, recorrido por grandes navíos y monstruos marinos muy a la usanza de la época.

Ello sin desconocer además los cambios que se fueron produciendo en la documentación citada, con las transcripciones de que fueran objeto y las traducciones de sus textos que las iluminaron con ojos más modernos, tratando de disimular sus equívocos; llegando inclusive a quitar ilustraciones, como sucedió con la Tabla Geographica del Reyno de Chile de Diego Rosales en sus varias ediciones, o modificar groseramente vocablos, en particular topónimos, como pasó con el libro y mapa de Lozano “Descripción Chorográfica del Gran Chaco Gualamba”, que cuidó de publicar Antonio Machoni en Córdoba durante 1733 y sus posteriores reediciones, en particular la del mapa de Biedma efectuada en Buenos Aires en 1910, grabado en Londres con notables alteraciones.[24]

Mapa regional-Alfonso Dànville – Geog. del Rey – 1733

Un hecho concreto claro de tales indeterminaciones resultantes, pese a contar los jesuitas con medios adecuados a la época, lo constituye el mapa trazado de Campo del Cielo para fijar la posición del famoso meteorito “Mesón de Fierro”, elaborado en base a las posiciones establecidas por cartógrafos de campo, imposible de restituir en la actualidad por tales errores, al punto que el bloque de más de cuarenta toneladas de hierro-níquel meteórico, visitado, analizado y dimensionado en varias oportunidades; descrito como una “inmensa mesa de fierro” que sobresalía en la llanura,  no fue posible encontrar desde 1783, fecha del último avistamiento registrado por el capitán de marina Rubén de Celis, en el Gran Chaco santiagueño[25]. Lo cual permite inferir que esa limitación era propia de la incapacidad técnica humana contemporánea y no limitación particular de los hombres de la compañía. (Ver “El Mesón de Fierro”).

Siesta – detalle de un dibujo de Paucke

Esta visión panorámica de una acción – y fundamentalmente actitud – de avanzada para el período bajo examen, muestra claramente las limitaciones extremas con que se trabajaba entonces, la resistencia de los estamentos oficiales para la actividad no convencional y el denodado tesón puesto de manifiesto por aquellos esforzados jesuitas y sus discípulos para avanzar en el conocimiento. La experiencia recogida muestra claramente que cuando se quiere, se puede, aunque deba llegarse a los extremos de verse obligado a tallar objetivos de telescopio con cuarzo nativo, como tuvo que hacerlo el citado Buenaventura Suárez, para poder hacer astronomía; u otra disciplina, ajena al ámbito del campo explorado por los autores, no considerada en este trabajo, como Manuel Gervasio Gil, precursor de Secchi en Italia; Martín José de Aguirre, discípulo de los jesuitas, científico investigador en su quinta de la Recoleta, etc, etc.

No se agota el tema, muy por el contrario. Solo se pretende brindar en un panorama muy general, las puntas de algunos hilos que han de conducir sin dudas, a un núcleo ovillar lleno de ricas sorpresas, respecto de una actividad en general ignorada por el común, que es necesario rescatar en aras de la justicia y en favor de la memoria de los olvidados de siempre. Esos humanos anónimos que con su sudor y lágrimas, abonaron el difícil terreno del pensamiento progresista, a veces voluntariamente, otras, ignorando las consecuencias de su quehacer.

Nadie puede desconocer que la adscripción personal a cualquier empresa, se hace voluntariamente, por la fuerza, por convicción, por conveniencia o por mero aburrimiento. Pero el fruto del esfuerzo realizado queda y trasciende a los actores del mismo. En nosotros está aprovechar esa experiencia para proyectarnos, no hacia el pasado, sino hacia el futuro promisorio de esta humanidad que enfrenta con esperanza esta era del espacio. ¡Pobres los pueblos que tienen el pasado como objetivo!

Universo de Kepler, 1596

Había en la época un limitante común, el conocimiento que se tenía de la naturaleza, en particular de los fenómenos astronómicos, del cual tendremos cabal conciencia para evitar crasos errores de juicio al analizar la astronomía de entonces. Vienen a cuento con relación a ello, las expresiones del citado Dobrizhoffer sobre una experiencia propia, que constituyen un expresivo cierre para esta sucinta memoria de la época:

“Viviendo en el campo, en nuestras posesiones cordobesas de Santa Catalina, observamos atónitos un meteoro de fuego que llevaba una especie de antorcha muy grande y cruzando el cielo se precipitaba en el horizonte opuesto. Unos españoles recién llegados anunciaron que aquella luz habría sido visible en toda la provincia y la consideraron portentosa, otros enseñados por una filosofía más sana, vimos con serena mirada aquel súbito esplendor o fuego festivo, que sin embargo por su misma naturaleza era triste, porque fue causa o indicio seguro del principio de un catarro mortal, que propagándose por todo el Tucumán,  había de consumir durante dos años gran cantidad de españoles y de negros. En una palabra: en el mismo tiempo que se vio esa exhalación ígnea comenzó esa enfermedad epidémica.”

[1] Chacón; Jacinto – La Quinta Normal –Santiago de Chile – Imprenta Nacional – 1886

[2] Paolantonio S. y Minniti E. – Uranometría 2001 – Historia del Observatorio Nacional Argentino – SECYT – OAC – UNC – Córdoba 2001.

[3] Edgardo R. Minniti – Colonia California en el Pájaro Blanco – III Congreso de la Historia de los Pueblos – Archivo Histórico -Santa Fe – 1998. – “Cabalgando en la Memoria” – Eta Carinae – Córdoba – 2007.

[4] Magnus Morner – Actividades Políticas y Económicas de los Jesuitas en el Ríos de la Plata – Hyspamerica  – Buenos Aires – 1982

[5] Nanzi Vallejo – Una mirada a la primera cartografía del Río de la Plata – Cultura y Ciencia – Diario El Litoral – 27 – 08 – 1994

[6] Guillermo Furlong Cardiff – Cartografía Jesuítica del Río de la Plata –  Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras – Buenos Aires – 1936.

[7] Ib.

[8] Ib.

[9] Ib.

[10] El Litoral – Santa Fe 400 –  Santa Fe – 15 de Noviembre de 1973.

[11] Ib. 6

[12] Ib. 6

[13] Ib. 6

[14] Ib. 6

[15] En 1789 pasó por Montevideo con sus corbetas Descubierta y Atrevida, para realizar estudios oceanográficos, climáticos, botánicos y zoológicos, al que se unió en Santiago de Chile, Tadeo Haenke,  médico y naturalista bohemio.

[16] Ib. 6

[17] Minniti, Edgardo R. – Cabalgando en la Memoria – Córdoba – 2007.

[18] Guillermo Furlong Cardiff – Una Estimación del Desarrollo de las Ciencias Matemáticas, Físicas y Naturales en el Río de la Plata, entre 1536 y 1810 – Boletín de la Academia Nacional de Ciencias – Tomo XLVIII – Córdoba – 1970

[19] Obra editada en Santiago de Chile en 1879

[20] Cervera; Manuel M – Historia de la Ciudad y Provincia de Santa Fe – Santa Fe – 1907

[21] Ib.

[22] Minniti E. y Paolantonio S. – Infinito – Maravillas del cielo austral – II Congreso Internacional y III Nacional de Educación – Colegio Carbó ediciones – Córdoba – 2002

[23] Nicoli; Victor F. -  La Legua Geográfico-Marítima Española en los Siglos XVI y XVII – 1er.Cong. Nac. de Cartografía – Santa Fe 1953.

[24] Ib. 6

[25] Álvarez, Antenor – El Meteorito del Chaco – Peuser – Buenos Aires – 1926

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